Promover una carrera de Fórmula 1 en el casco urbano de Madrid parecería en principio una idea redundante y superflua. Madrid ya es, en gran parte, un circuito permanente de automovilismo y motociclismo, en el que los conductores apasionados por el ruido y la velocidad pueden cultivar su deporte con el beneplácito de las autoridades. El ciudadano caminante se convierte a diario en espectador forzoso y en directo de ese deporte que los tristes aficionados de provincias han de resignarse a disfrutar en letárgicas transmisiones que ponen un zumbido de fondo de motores rugientes al tedio de las siestas. En Madrid gozamos del privilegio de presenciar tales hazañas de velocidad y estruendo con la tranquilidad de que ningún policía municipal ni radar punitivo van a entorpecer el espectáculo en vivo de nuestros conciudadanos motorizados, los cuales se entregan a un trompeteo como de elefantes acorazados en cuanto un obstáculo —un viejo torpe que se baja de un taxi, un conductor que duda unos segundos— les impone un ligero retraso, malogrando ese récord de velocidad que están queriendo siempre mejorar.
Madrid y la F1: hormigón, granito, asfalto, gasolina
Scritto il 04/07/2026
Hay ciudades donde la gente se ha sublevado con éxito frente a la terrible alianza entre modernidad y corrupción