Dos recuerdos ya alejados me vuelven a la memoria estos días. En el primero de ellos es la noche del primer triunfo electoral de Barack Obama y yo vuelvo muy tarde a mi casa, después de haber participado en un programa de la cadena local New York One. Las instalaciones de la cadena, en el antiguo Meatpacking District, son muy espaciosas, pero la sección en español es tan modesta que los participantes en la tertulia tenemos casi que pegarnos los unos a los otros a lo largo de una única mesa para no salirnos del plano. Los gestos quedan limitados por el peligro de clavar un codo al comentarista de al lado. A todos se nos contagia una cierta sensación de euforia, alimentada por la elocuencia épica sin restricciones de ironía o sentido del ridículo que es tan propia de la vida política en Estados Unidos. No nos cuesta nada recitar las vacuidades del momento: el resultado histórico, la capacidad de renovación de la democracia americana, el presidente negro que va a cerrar las heridas inmemoriales del racismo, etcétera. Al salir me encuentro en la sala de espera con un hombre negro muy alto, muy bien vestido. Le digo, irreflexivamente: “Enhorabuena”, y él me contesta: “Yo he votado a McCain, pero gracias”.
El arco roto
Scritto il 24/01/2026
El progreso que parecía apuntar que un negro llegase a la Casa Blanca apenas ha dado de sí