Me animé pensando que para escribir antes había que vivir
Metí como pude mis pertenencias en el Mercedes 190D de mi padre: ropa, libros, apuntes, un enorme ordenador, las cajas con las cosas que sostuvieron en pie mi vida universitaria durante cinco años. No se distinguía la carretera a través del retrovisor de lo lleno que iba. A mi padre, que logró entrar al asiento de al lado de milagro, tampoco lo veía, pues entre nosotros encajamos una estantería. Y así abandoné Santiago, sobre la alegría invencible de no volver a estudiar nunca más, ya licenciado en Filosofía. En las tres horas de viaje hasta Vilardevós solo una idea me ocupó la cabeza: la de dedicar el siguiente año a escribir una novela y nada más.