Un hombre señala la tierra. No es un juez, ni un historiador, ni un político, ni un agrimensor. Es un campesino: Juan José Solanille. Lo contó frente a un tribunal: camiones militares entrando y saliendo de Loma del Torito, dentro del predio donde estuvo el centro clandestino de detención La Perla, en Córdoba (Argentina). Movimientos nocturnos, tierra removida, restos humanos que le traían sus perros, tumbas. El campesino dio su testimonio en el juicio a las juntas militares de 1985. A muchos de los presentes se les puso la piel de gallina. El defensor del dictador Roberto Eduardo Viola, en cambio, no bien terminó la declaración, pidió a los jueces que le hicieran pericias a Solanille, para determinar si tenía problemas mentales o de alcoholismo. Los jueces no pidieron ninguna pericia y, en base a cientos de testimonios, probaron los delitos y condenaron a los culpables. Hubo que esperar 41 años para confirmar que el campesino había dicho la verdad.
La diferencia entre recordar y juzgar
Scritto il 20/03/2026
Un país que, como Argentina, enjuicia a sus dictadores no elimina las discusiones sobre el pasado, pero establece un marco de referencia común