Los habitantes del reino aprendieron una verdad sencilla: el futuro de los bosques no se decide cuando aparecen los incendios. Se decide mucho antes
Cuentan que, en el corazón de Iberia, había un próspero reino, uno de los muchos que formaban un gran imperio. Corrían días de alegría: los habitantes de todos los reinos acababan de celebrar juntos una gran victoria deportiva que, por un momento, les había hecho olvidar sus diferencias. Pero también se sentían orgullosos de sus bomberos y soldados, de sus magníficos camiones y espectaculares máquinas voladoras. Cuando apagaban un incendio, los habitantes aplaudían, los periódicos publicaban fotografías heroicas y los gobernantes pronunciaban grandilocuentes discursos. Todo parecía funcionar. Hasta que el fuego empezó a ganar.