La maldad forma parte de la fealdad, y los días que vivimos son feos y malos porque se ha asumido que el mal como procedimiento genera orden
1. Desde principios de este siglo no he vuelto a recibir ninguna carta en cadena, pero a lo largo del siglo XX recibí muchas, y no es que la cosa me hiciera demasiada gracia. Eran cartas que llegaban por correo sin remitente y que empezaban invariablemente con una especie de autopresentación: “Estimado destinatario, enhorabuena por recibir esta carta. Ha llegado desde muy lejos para traerle felicidad pues forma parte de una cadena imparable que recorre el mundo para difundir el bien. Por favor, no rompa esta cadena. En cuanto lea estas líneas, cópielas veinte veces, meta cada una en un sobre y envíeselas a sus amigos, especialmente a aquellos más necesitados de buena suerte…“.