¿Has comido bien? ¿Tienes un rato? Entonces, pon el móvil en modo avión, túmbate y duerme. Arráncale a tu jornada un momento de suspensión. Un dominio pleno sobre ti mismo. Para. Descansa. No pasa nada. Échate una siesta. No calcules el tiempo, dale el lujo a tu cuerpo de que decida por ti el momento en que volver a abrir los ojos. En justa recompensa a que ha sido él, no tu voluntad, quien decidió cerrarlos. El sofá del salón está bien, con la tele baja, aunque, mejor, apagada. Preferible el cuarto, tu cama, tu colchón, ligero de ropa o como decía Camilo José Cela, por qué no, una de pijama, padrenuestro y orinal. Pero también en la playa, tendido en el campo, a la sombra de un árbol, con el murmullo del viento o las olas del mar. Sueña si quieres, de hecho vas a soñar, pero mejor no interrumpas ese rato con pesadillas o interferencias desconcertantes. Cuando despiertes, si estás de vacaciones, nadie sospechará de ti. Pero si andas en periodo activo, arréglatelas para hacerlo igual, sin complejos, ajeno a cualquier atisbo de culpa. La siesta no es un invento, es una necesidad. Si no lo percibes así, probablemente actúas contra natura. O te engañas imbuido en otro sueño equivocado de autorrealización por medio del destajo que probablemente nunca llegará...
La siesta, esa pausa nacional convertida hoy en una insurrección silenciosa
Scritto il 02/08/2026
da Jesús Ruiz Mantilla
Una cabezadita al terminar de comer… ¿es un derecho o un pecado mortal? En la sociedad actual, el descanso a mitad del día está cada vez más cercado por la productividad y el aprovechamiento de cada minuto. Pero quizás haya llegado el momento de rebelarse, aprovechar bien las horas de tu vida y parar.

