Cabeza fría. Si te emocionas, dirán que te dejas arrastrar por una corriente tumultuosa. Ofuscada. Turbulenta. Allá arriba, el cerebro permanece sereno, como un faro entre tinieblas. El corazón, en cambio, bombea letras de boleros, comedias románticas y otras majaderías. Nos mantiene vivos con su percusión constante, con su brega infatigable, su tenaz cumplimiento, carne trémula y rítmica, bum bum, pero ese es un detalle menor. La seriedad reside en otra parte, en el ático, donde habitan los pensamientos abstractos, limpios y etéreos, donde la sangre no entra ni sale a borbotones volcánicos, ese lugar que imaginamos como un ordenador imparcial al mando de todo. Hemos divorciado lo racional y lo emotivo. “Te gusta el melodrama”, “estás exagerando”, “no te alteres”. Así invalidan los argumentos de quienes muestran sus emociones. Cuando discutimos nos gusta imaginar que somos magníficamente racionales, y los demás no. En realidad, disfrazamos nuestras opiniones de lógica pura para sentirnos infalibles.
Príncipe de la pasión, princesa de los paralelogramos
Scritto il 23/08/2026
da Irene Vallejo
Seguimos atrapados por la vieja dualidad: aún defendemos que ser racional depende de mantener la cabeza fría y las pasiones embridadas, no en la colaboración de ambas

