La libertad sexual iba a traer todas las posibilidades, un catálogo infinito de opciones en ese terreno secuestrado tantos siglos por la moral. Pero como pasa en otros ámbitos, libertad no es igual a satisfacción y una vez que se obtiene empieza el trabajo de verdad: gestionarla, aprender a navegar el imprevisible oleaje del deseo y los afectos, las relaciones y sus sinsabores. Erich Fromm debería volver de su tumba y ofrecernos un nuevo arte de amar, a ser posible con un capítulo cuyo título podría ser “¿Cómo follar en el siglo XXI?” Porque parece que el tema se va complicando cada vez más. Marita Alonso, en SModa, daba cuenta, por ejemplo, de la realidad que viven muchas mujeres que tienen encuentros sexuales de los llamados “casuales”, esos rollos de una noche con desconocidos o casi: solo en el 10% de los casos ellas acaban llegando al orgasmo mientras que el porcentaje de las que tienen relaciones sexuales dentro de parejas estable lo alcanzan en casi el 70 %. Y es que el sexo no es casi nunca esa explosión de fuegos artificiales tan representada en los medios audiovisuales y los aquí te pillo aquí te mato suelen ser de lo más decepcionantes. Los amantes virtuosos, atentos y competentes no suelen estar en los baños de las discotecas ni en las aplicaciones de citas. La excitación del desconocido no lleva necesariamente al placer. El sexo también es cuestión de conocimiento, un conocimiento que se va teniendo de la posible pareja con el tiempo previo, esa danza que es la seducción mutua y que sirve para ir tejiendo complicidades. Follar con alguien de quien no sabes ni el nombre, incluso si físicamente está estupendísimo, es como follar con un pollo muerto y desplumado. Sin alma, que dirían los poetas.
Sin orgasmos
Scritto il 20/03/2026
da Najat El Hachmi

