Intentamos con la cirugía estética retrasar el instante en que dejamos de sentirnos elegidos
Una mujer despierta de una cirugía de aumento de pecho con una presión feroz sobre el tórax. No puede incorporarse. No puede levantar los brazos para recogerse el pelo, retirar el mechón que el esfuerzo ha pegado en su frente. Cada respiración parece encallarse en algo que alguien ha escondido dentro de ella mientras dormía. No puede abrazar a la amiga que ha venido a verla. Bajo la piel, dos implantes han sido depositados como en otras épocas los amuletos: con la esperanza de que algo no se pierda.

